Columna de Carlos Peña
La humanidad ha alcanzado un poder sin precedentes: transformar el planeta a una escala capaz de comprometer su propio futuro. A esta realidad se le conoce como Antropoceno, un concepto científico que describe el impacto dominante de las actividades humanas sobre los sistemas naturales, aunque todavía no constituye una época geológica formalmente reconocida.
La advertencia no es ideológica, es científica. La Organización Meteorológica Mundial confirmó que 2024 fue el año más cálido en los registros, con una temperatura media global aproximadamente 1.55 grados Celsius superior al promedio preindustrial. Un solo año por encima de 1.5 grados no significa que se haya rebasado definitivamente el objetivo climático de largo plazo, pero evidencia la velocidad del cambio.
El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) advierte que cada incremento del calentamiento intensifica los riesgos. Sequías, inundaciones, incendios y olas de calor amenazan la producción agrícola, la infraestructura y la disponibilidad de agua. A ello se suman la pérdida de biodiversidad, la contaminación y la degradación de los suelos, tres dimensiones de una crisis que ya no puede analizarse por separado.
El problema adquiere otra dimensión cuando se traduce al lenguaje económico. Una sequía puede reducir cosechas, encarecer alimentos y presionar la inflación. La escasez de agua puede limitar la expansión industrial; un desastre natural puede destruir patrimonio, elevar las primas de seguros y obligar a los gobiernos a desviar recursos hacia la reconstrucción. El impacto termina trasladándose a empresas, consumidores y contribuyentes.
México enfrenta una vulnerabilidad particular por la presión sobre sus recursos hídricos, la exposición de sus ciudades a fenómenos extremos y la dependencia de actividades sensibles al clima. En estados industriales como Nuevo León, el agua, la energía y la infraestructura confiable son factores estratégicos para sostener la inversión, el empleo y la competitividad.
El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, en su informe Panorama de los Recursos Globales 2024, advierte sobre el crecimiento del consumo mundial de materiales y la necesidad de transformar los patrones de producción y utilización de recursos. El desafío consiste en generar prosperidad sin destruir las condiciones naturales que la hacen posible.
Aquí surge una paradoja: durante décadas medimos el progreso mediante el crecimiento del producto interno bruto, la producción y el consumo, pero no siempre incorporamos el costo de agotar los recursos naturales. Una economía puede crecer hoy y acumular riesgos que mañana reduzcan su capacidad de generar riqueza.
La conclusión es contundente: el Antropoceno también representa una nueva era del riesgo económico. La prevención, la gestión del agua, la infraestructura resiliente y la transición energética deben entenderse como inversiones estratégicas, no como gastos secundarios.
En un mundo interconectado, anticipar ya no significa solamente interpretar mercados o conflictos geopolíticos. Significa comprender cómo una alteración ambiental puede convertirse en inflación, inestabilidad social y pérdida patrimonial.
La pregunta no es si la naturaleza tiene un costo, sino cuánto pagaremos por ignorarlo. La verdadera inteligencia consiste en reconocer que proteger el planeta es también proteger la economía, el patrimonio y el futuro de las próximas generaciones.

