El Foro Económico Mundial vivió este jueves 22 de enero una de sus jornadas más reveladoras. No por anuncios espectaculares ni por acuerdos históricos, sino porque quedó claro que el mundo ya no discute cómo crecer juntos, sino cómo sobrevivir juntos en un entorno de rivalidad estructural.
Las reuniones de alto nivel giraron alrededor de un eje común: el retorno de la política de poder. El discurso del canciller alemán Friedrich Merz marcó el tono al advertir que el mundo entra en una etapa de “gran política entre grandes potencias”, donde la cooperación multilateral pierde fuerza frente a intereses nacionales, bloques geopolíticos y zonas de influencia. Europa, debilitada por su fragmentación interna, aparece como el actor más vulnerable en este nuevo tablero.
En paralelo, la participación del presidente estadounidense Donald Trump volvió a colocar a Washington en el centro del foro. La presentación de su iniciativa diplomática el llamado Board of Peace fue interpretada más como un gesto estratégico de liderazgo unilateral que como un verdadero mecanismo multilateral. En Davos quedó claro que Estados Unidos busca redefinir la diplomacia global bajo sus propios términos, desplazando organismos tradicionales y privilegiando acuerdos ad hoc, selectivos y funcionales a su agenda.
El conflicto en Ucrania volvió a ocupar un espacio central. Las reuniones entre Volodímir Zelenski y líderes occidentales dejaron un mensaje contundente: la guerra no está cerca de resolverse, pero sí de institucionalizarse como un conflicto de largo plazo. La falta de anuncios concretos evidenció el desgaste político y financiero de Europa, así como la cautela de Estados Unidos ante un escenario electoral y fiscal cada vez más complejo.
En el terreno económico, Davos confirmó que el crecimiento global será más frágil, más caro y más desigual. La conversación sobre inflación persistente, tasas de interés elevadas y relocalización de cadenas productivas dominó los encuentros privados. El “nearshoring” ya no es visto solo como oportunidad, sino también como un factor de fragmentación del comercio global, con claros ganadores y perdedores.
La tecnología, particularmente la inteligencia artificial, apareció como la única narrativa optimista. Sin embargo, incluso ahí predominó la cautela: los líderes empresariales reconocen que la IA aumentará productividad, pero también profundizará brechas sociales, laborales y geopolíticas si no existe un marco regulatorio claro, algo que hoy parece lejano.
El jueves en Davos dejó una conclusión incómoda pero honesta: el mundo ya no busca consensos amplios, sino equilibrios inestables. El diálogo existe, sí, pero más como contención del conflicto que como motor de cooperación. Davos 2026 no ofreció soluciones definitivas; ofreció, en cambio, una radiografía cruda del nuevo orden: uno donde la incertidumbre dejó de ser coyuntural y se convirtió en la norma.

