La inflación en México ha entrado en una fase que, a simple vista, transmite tranquilidad, pero que en su estructura interna revela una tensión que aún no ha desaparecido. La inflación general se ubica en 3.92 % anual, dentro del rango objetivo del Banco de México, mientras que la inflación subyacente permanece en 4.52 %, todavía por encima del límite superior del objetivo permanente del banco central de 3 %, con un margen de ±1 punto porcentual. Esta diferencia no es menor. Es la señal más clara de que la estabilidad visible convive con presiones estructurales que aún no han cedido.
La inflación general ha disminuido en gran parte gracias a la moderación en los precios de energéticos y algunos productos agropecuarios, componentes altamente volátiles que tienden a distorsionar la percepción inmediata del fenómeno inflacionario. Sin embargo, la inflación subyacente, que excluye estos elementos y refleja el comportamiento más persistente de la economía, continúa elevada. Este componente está impulsado principalmente por el sector servicios, que muestra incrementos asociados a salarios, rentas, educación y servicios personales. Este fenómeno es consistente con un mercado laboral fuerte, pero también indica que la inercia inflacionaria sigue activa.
Desde una perspectiva monetaria, este escenario coloca al Banco de México en una posición compleja. Con una tasa de referencia en niveles restrictivos de 11 %, el objetivo ha sido contener la demanda y reducir la presión sobre los precios. No obstante, la persistencia de la inflación subyacente limita el margen para recortes acelerados. Reducir tasas demasiado pronto podría reactivar presiones inflacionarias, mientras que mantenerlas elevadas por más tiempo puede desacelerar la inversión y el consumo.
En términos reales, la inflación actual representa una mejora significativa respecto al pico de 8.7 % alcanzado en 2022, pero no implica el fin del ciclo inflacionario. Más bien, representa una transición hacia una fase de resistencia estructural, donde los precios dejan de subir rápidamente, pero tampoco regresan con facilidad a su nivel objetivo. Este comportamiento es típico en economías que han atravesado shocks inflacionarios globales, como el encarecimiento de materias primas, la disrupción logística y la expansión monetaria posterior a la pandemia.
El verdadero riesgo no es una inflación descontrolada, sino una inflación persistente que se normaliza por encima del objetivo. Esto erosiona el poder adquisitivo de forma silenciosa y altera las decisiones de inversión, consumo y financiamiento. La estabilidad nominal no siempre implica estabilidad estructural.
La pregunta de fondo no es si la inflación está bajando, sino si el sistema económico ha eliminado las causas que la hicieron subir. Mientras la inflación subyacente permanezca elevada, la batalla contra el aumento sostenido de los precios aún no puede declararse ganada.

