Emociones y biología

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La biología tiene una opinión bastante clara sobre nuestras emociones, aunque no siempre nos guste escucharla. Básicamente nos recuerda que antes de ser personas “complicadas”, con conflictos existenciales y playlists para cada estado de ánimo, fuimos organismos tratando de sobrevivir sin que nadie nos preguntara cómo nos sentíamos al respecto.

Desde una mirada evolutiva, las emociones no aparecieron para hacernos la vida interesante, sino para hacernos la vida posible. El miedo, por ejemplo, no nació para arruinarnos una presentación en público, sino para ayudarnos a detectar peligros y reaccionar rápido. La tristeza no surgió para llenar canciones, sino para favorecer el recogimiento, la reflexión y la reorganización tras una pérdida. Incluso la rabia, tan poco bienvenida en sociedad, tiene raíces biológicas claras relacionadas con la defensa de límites y recursos.

Ya en el siglo XIX, Charles Darwin observó que muchas expresiones emocionales eran universales y compartidas con otras especies. No era casualidad. Si una emoción se repite en culturas distintas y en mamíferos distintos, probablemente no sea un capricho cultural, sino una estrategia evolutiva que funcionó razonablemente bien durante miles de generaciones.

Más cerca en el tiempo, el neurocientífico Antonio Damasio mostró algo incómodo para nuestra idea de racionalidad. Sin emociones, no tomamos mejores decisiones, tomamos peores. Personas con lesiones en áreas emocionales del cerebro podían razonar de forma impecable, pero eran incapaces de decidir qué hacer con su vida cotidiana. La emoción, desde la biología, no es lo opuesto a la razón, es su copiloto.

La Desprogramación Evolutiva se apoya mucho en esta idea. Muchas de nuestras reacciones emocionales actuales responden a programas antiguos que se activan en contextos nuevos. El cuerpo reacciona como si estuviéramos frente a un depredador cuando en realidad solo es un correo electrónico. El sistema no está roto. Está funcionando con un software diseñado para otro escenario.

La biología no juzga las emociones como buenas o malas. Simplemente las entiende como respuestas adaptativas. El problema aparece cuando intentamos vivir en el siglo XXI con respuestas emocionales calibradas para la sabana africana. Ahí no se trata de eliminar emociones, sino de comprenderlas, escucharlas y actualizar la relación que tenemos con ellas.

Quizá la pregunta interesante no sea por qué sentimos lo que sentimos, sino para qué. ¿Qué intenta proteger esa emoción? ¿Qué historia evolutiva trae consigo?

Cuando dejamos de pelear con la emoción y empezamos a dialogar con ella, algo curioso ocurre. El cuerpo se relaja. Como si dijera: por fin alguien entendió el mensaje.

Ricardo Garza es autor del libro Redefiniendo el inconsciente, fundador de la Desprogramación Evolutiva y conferencista. Puedes encontrarlo en redes sociales como @ricardogarzamx y en contacto@desprogramacionevolutiva.com.

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