La inflación general en México volvió a colocarse ligeramente por encima del umbral del cuatro por ciento, alrededor de 4.02 por ciento anual en febrero según el Índice Nacional de Precios al Consumidor publicado por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía. A primera vista la cifra parece indicar un escenario relativamente controlado si se compara con los episodios inflacionarios recientes que superaron siete y ocho por ciento. Sin embargo, una lectura más profunda muestra que la estabilidad observada es todavía delicada y depende de factores que no siempre responden a la política económica interna.
El dato mensual cercano a medio punto porcentual confirma que las presiones inflacionarias no han desaparecido, simplemente han cambiado de forma. Mientras algunos bienes muestran moderación en sus precios, los alimentos frescos continúan siendo una fuente importante de volatilidad. Frutas y verduras registran variaciones frecuentes que impactan directamente el bolsillo de los hogares. Este comportamiento revela un rasgo estructural de la inflación mexicana, altamente influida por choques de oferta asociados a condiciones climáticas, costos de transporte y variaciones en los mercados internacionales.
Por otro lado, la inflación subyacente, que excluye los productos más volátiles, continúa mostrando una resistencia mayor a descender. Este componente refleja presiones más persistentes en servicios, vivienda y alimentos procesados. Cuando la inflación subyacente se mantiene elevada significa que el proceso inflacionario todavía está parcialmente arraigado en la economía y no depende únicamente de fluctuaciones temporales en algunos productos.
A ello se suma un entorno global que continúa generando incertidumbre. Las cadenas de suministro, los costos energéticos y la dinámica del comercio internacional siguen influyendo en la formación de precios internos. México es una economía abierta y profundamente integrada con Estados Unidos, por lo que también recibe presiones inflacionarias provenientes del exterior que pueden modificar el ritmo de desaceleración de los precios.
La inflación actual no representa una crisis, pero tampoco puede considerarse una victoria definitiva. México atraviesa una etapa de desaceleración inflacionaria incompleta. Los choques más intensos parecen haber quedado atrás, aunque persisten presiones estructurales que obligan a mantener cautela. El verdadero reto no será únicamente reducir la inflación, sino consolidar un entorno de estabilidad duradera que permita proteger el poder adquisitivo y ofrecer mayor certidumbre a las decisiones de consumo, inversión y crecimiento económico.

