Hace unos días tuve la oportunidad de participar en la inauguración de la feria del servicio social de una universidad. Más de veinte módulos ofrecían alternativas para que los estudiantes eligieran dónde cumplir con este requisito indispensable para graduarse: organizaciones de la sociedad civil, fundaciones y dependencias de gobierno, tanto estatales como municipales.
La oferta era tan amplia como valiosa: atención a grupos vulnerables, proyectos sociales sustentables, apoyo en levantamiento de encuestas, entre muchas otras opciones. Todas ellas con un propósito claro: contribuir al bienestar de la comunidad.
Sin embargo, la realidad dista de ese ideal. Para muchos jóvenes, el servicio social no representa una oportunidad, sino un trámite. Se busca cumplir con el mínimo indispensable, encontrar quién firme o reducir al máximo el trabajo requerido. La ley del menor esfuerzo termina por vaciar de sentido una de las herramientas más poderosas que tenemos como sociedad.
Vale la pena detenernos un momento y dimensionar lo que esto significa. En México, cerca de un millón de estudiantes egresan cada año de educación superior. Si cada uno cumpliera a cabalidad con sus aproximadamente 480 horas de servicio social, estaríamos hablando de casi 500 millones de horas dedicadas, de manera gratuita, al servicio de la comunidad.
El potencial es enorme. En Coahuila, por ejemplo, el servicio social puede realizarse a través del Instituto Estatal de Educación para los Adultos (IEEA), donde los jóvenes tienen la oportunidad de alfabetizar, enseñar y acompañar a personas mayores de 15 años que no han concluido su educación básica.
Los números son contundentes: en México hay alrededor de 4 millones de personas sin alfabetización, 8 millones sin primaria y 16 millones sin secundaria. Si cada egresado asumiera el compromiso de acompañar a cinco personas, dedicando cerca de 100 horas a cada una, en el transcurso de un sexenio podríamos erradicar el rezago educativo. Así de grande es la oportunidad que tenemos frente a nosotros.
Pero esto no se trata solo de cifras. Se trata de entender que el servicio social es, en esencia, una forma de retribuir. Es la posibilidad de pagar, aunque sea en parte, esa “hipoteca social” que adquirimos al tener acceso a una educación superior, cuando millones de jóvenes no tuvieron esa misma oportunidad.
A los estudiantes les diría que no vean el servicio social como un requisito más para obtener un título, sino como una experiencia transformadora. Que se involucren, que se comprometan, que vayan más allá de lo que se les pide. Porque en ese proceso no solo estarán ayudando a otros; estarán también descubriéndose a sí mismos, definiendo su vocación y entendiendo, desde la realidad, el valor de lo que tienen.
El servicio social no solo debería ser el último requisito para graduarse, sino el primero para comenzar a cambiar al mundo. No solo debería ser la última condición para recibir un título, sino la primera para comenzar a merecerlo.

