En la nueva versión de Frankenstein, dirigida por Guillermo del Toro, la criatura no nace siendo un monstruo. Nace siendo silencio. Al principio no tiene lenguaje, no tiene categorías, no tiene identidad. Percibe, reacciona, siente. Pero no comprende. Es un cuerpo que responde a estímulos, una biología sin relato. Y eso es profundamente interesante.
La criatura observa el mundo como lo haría un sistema nervioso primitivo. Reacciona al frío, al rechazo, al dolor. Pero no puede organizar su experiencia. No puede narrarse. No puede decir “yo”. En términos neurocientíficos, podríamos decir que hay sensación, pero no aún metacognición. Hay experiencia, pero no conciencia reflexiva.
Todo cambia cuando aprende a hablar. En las escenas donde comienza a adquirir lenguaje, no solo aprende palabras. Aprende conceptos. Aprende a diferenciar. Aprende a nombrar lo que siente. Y al nombrarlo, algo ocurre. La emoción deja de ser una descarga ciega y se convierte en comprensión.
La ciencia ha mostrado que el lenguaje no es solo una herramienta de comunicación. Es un organizador de la experiencia. Estudios en neurociencia cognitiva han sugerido que cuando verbalizamos una emoción, se activan áreas prefrontales asociadas con regulación y procesamiento consciente, modulando la actividad de sistemas emocionales más primitivos. Hablar no es describir lo que pasa. Es transformarlo.
La criatura de Frankenstein, cuando adquiere lenguaje, adquiere conciencia de sí misma. Y con ella, dolor existencial. Se da cuenta de su diferencia. De su abandono. De su soledad. La palabra le otorga humanidad, pero también responsabilidad y sufrimiento. Porque la conciencia siempre implica contraste.
Aquí es donde la película se vuelve profundamente terapéutica. En terapia ocurre algo similar. El paciente llega con sensaciones difusas, con reacciones automáticas, con emociones que se viven como destino. Pero cuando comienza a verbalizar, a poner en palabras aquello que era solo sensación corporal o impulso reactivo, algo cambia. La experiencia se organiza. Se contextualiza. Se resignifica.
En mi libro Redefiniendo el inconsciente explico que el inconsciente no es un enemigo, es un sistema biológico de protección. Pero mientras no se verbaliza, opera en automático. La palabra activa la conciencia. Y la conciencia introduce elección.
La criatura, antes de hablar, reacciona. Después de hablar, reflexiona. Antes es puro instinto. Después puede cuestionarse. La diferencia entre ambas versiones de sí misma no es su cuerpo. Es su capacidad de narrarse.
Algunos investigadores han planteado que el lenguaje interno es fundamental para el desarrollo del yo. No pensamos y luego hablamos. Muchas veces hablamos y entonces pensamos con claridad. La verbalización estructura la experiencia, delimita el caos emocional y permite que el cerebro integre lo vivido.
Por eso hablar genera comprensión. Y comprender reduce la amenaza. Tal vez por eso el silencio prolonga el conflicto. Lo no dicho permanece como descarga biológica. Lo verbalizado puede transformarse en aprendizaje.
La criatura de Frankenstein no se vuelve humana cuando camina. Se vuelve humana cuando puede decir lo que siente. Y ese momento, cuando el silencio se convierte en palabra, es también el momento en que nace la conciencia.
Y en terapia, cada vez que alguien logra decir por primera vez lo que nunca había podido nombrar, ocurre exactamente lo mismo.
Ricardo Garza es autor del libro Redefiniendo el inconsciente, fundador de la Desprogramación Evolutiva y conferencista. Puedes encontrarlo en redes sociales como @ricardogarzamx y en contacto@desprogramacionevolutiva.com.

