Ciro Manuel Rivera Manriquez
CEO en EconValor
Ayer platiqué con Rodrigo, empresario y CEO de una empresa especializada en gestión de proyectos para plantas industriales y almacenes en todo México.
Llegó a la reunión frustrado.
No porque le faltara trabajo.
Todo lo contrario.
Su empresa estaba creciendo.
El problema era que sentía que tenía que revisar todo.
“Ciro, parece que siempre terminamos corrigiendo algo. Pido una cosa y recibo otra. Mi equipo trabaja mucho, pero no siempre entrega lo que esperaba.”
Mientras lo escuchaba recordé uno de los errores más costosos que yo mismo cometí durante años.
Le pregunté:
“Cuando pides algo, ¿qué tan claro eres al explicar exactamente lo que esperas?”
Se quedó pensando.
Y ahí comenzó la conversación importante.
Durante mucho tiempo yo también daba instrucciones como:
“Échale ganas.”
“Hazlo bien.”
“Necesito un gran reporte.”
“Quiero que esto se vea profesional.”
Y después me molestaba cuando el resultado no cumplía mis expectativas.
Hasta que entendí algo incómodo:
El problema no era la actitud de las personas. El problema eran mis acuerdos mentales.
Yo tenía perfectamente claro en mi cabeza cómo debía verse un gran reporte, una presentación profesional o un buen trabajo.
Pero nunca lo comunicaba.
Le compartí a Rodrigo el caso de un cliente con quien trabajamos este tema.
El director pedía constantemente “un reporte ejecutivo”.
“El medallero”
Ciro Manuel Rivera Manriquez.
CEO en EconValor
Para él significaba una hoja con los indicadores clave y conclusiones.
Para su equipo significaba un documento de diez páginas lleno de tablas, gráficas y detalles.
Nadie estaba equivocado.
Simplemente estaban trabajando con expectativas diferentes.
Ahí implementamos una regla sencilla pero poderosa.
Cada vez que pedían algo, debían aclarar cuatro puntos:
• Primero, qué resultado esperaban.
• Segundo, cómo se veía un trabajo bien hecho.
• Tercero, cuándo lo necesitaban.
• Y cuarto, qué estándar debía cumplir.
Parece obvio.
Pero pocas empresas lo hacen de manera consistente.
El resultado fue inmediato.
Menos retrabajos.
Menos frustración.
Menos correcciones de último minuto.
Y más responsabilidad por parte del equipo.
Porque cuando las expectativas son claras, las personas pueden hacerse responsables de cumplirlas.
Antes de despedirnos, Rodrigo me dijo algo que resume perfectamente la conversación:
“Creo que llevo años culpando a mi equipo por no cumplir expectativas que nunca les comuniqué.”
Y creo que muchos líderes podrían decir exactamente lo mismo.
Porque muchas veces el problema no es que las personas no hagan lo que pedimos…
Es que nunca explicamos realmente lo que esperábamos.
En el medallero (oro, plata, bronce), ¿qué tanto te identificas con la historia?
Cuando tu equipo de capacita, tu negocio se capitaliza.
“El medallero”

