Por Carlos Peña | 27 de octubre de 2026
La reelección de Luiz Inácio Lula da Silva provocó uno de los episodios de mayor volatilidad financiera reciente en Brasil. El lunes 26 de octubre, el Ibovespa cayó 13.88%, hasta 176,608 puntos, mientras el dólar subió 8.21%, a 5.403 reales. Durante la jornada, la bolsa perdió más de 17% en su peor momento y activó un mecanismo de suspensión temporal de operaciones. El mercado no tardó en expresar su lectura política: mayor incertidumbre sobre el rumbo fiscal.
La reacción tiene un antecedente decisivo. Tras la primera vuelta del 4 de octubre, cuando Flávio Bolsonaro quedó por delante de Lula, el Ibovespa avanzó 7.7% en una sesión y cerró en un máximo histórico de 206,911 puntos. Los inversionistas anticipaban un gobierno más orientado al ajuste presupuestario y a las reformas favorables a la inversión privada. La victoria de Lula revirtió esas apuestas y obligó a reposicionar portafolios.
El problema de fondo no es únicamente electoral. Brasil enfrenta una combinación delicada: una tasa Selic de 13.75%, inflación anual de 4.58% en septiembre y deuda pública bruta cercana a 82.9% del PIB, según los datos económicos reportados antes de la elección. Con tasas elevadas, financiar al gobierno resulta más costoso y el crédito limita el consumo y la inversión. Si la depreciación del real se prolonga, los bienes e insumos importados pueden presionar nuevamente los precios.
Analistas citados por Reuters advirtieron que la respuesta de los mercados dependerá de las próximas decisiones fiscales y del nombramiento del equipo económico. El interrogante central es cómo financiar los compromisos sociales sin deteriorar la trayectoria de la deuda. Además, Lula tendrá que negociar con un Congreso en el que sus adversarios conservan una presencia importante. La capacidad de construir acuerdos será tan relevante como los anuncios presidenciales.
Para México y América Latina, el episodio recuerda que el capital internacional reacciona ante cambios en las expectativas de inflación, deuda y disciplina presupuestaria. Sin embargo, la caída brasileña no implica que el peso mexicano deba seguir la misma trayectoria: cada economía tiene fundamentos y riesgos propios.
Conclusión. Las urnas definieron al presidente; ahora los mercados exigirán resultados económicos. La prueba de Lula será demostrar que crecimiento, política social y estabilidad fiscal pueden coexistir. Si presenta un programa creíble para contener la deuda, podría moderar la incertidumbre. Si no lo consigue, el costo del financiamiento y la volatilidad cambiaria podrían prolongarse. En economía, la confianza no se decreta: se construye con decisiones verificables.

