La decisión de Fitch Ratings de ratificar la calificación soberana de México en “BBB-” con perspectiva estable, al tiempo que reconoce el esfuerzo del gobierno de Claudia Sheinbaum para fortalecer la atracción de inversiones, envía una señal mixta pero relevante para los mercados: el país mantiene el grado de inversión, pero aún no despeja los riesgos estructurales que limitan una mejora más contundente.
Desde la óptica macroeconómica, México se mantiene en una posición relativamente sólida dentro de mercados emergentes. La deuda pública se ubica en niveles cercanos al 50% del PIB, una cifra manejable en comparación internacional, especialmente frente a economías latinoamericanas con mayores presiones fiscales. La inflación, aunque ha mostrado una tendencia de desaceleración respecto a los picos de 2022-2023, todavía se mantiene por encima de la meta del Banco de México en algunos periodos, lo que obliga a una política monetaria cautelosa.
El crecimiento económico, por su parte, se proyecta alrededor de 1.7% en 2026, impulsado en buena medida por el fenómeno de relocalización de cadenas productivas o nearshoring.
Sin embargo, Fitch enfatiza que el verdadero diferenciador hacia una posible mejora de la calificación no está únicamente en la estabilidad macro, sino en la capacidad del país para transformar expectativas de inversión en flujos concretos y sostenidos.
Es decir, no basta con el discurso del nearshoring; se requiere infraestructura energética suficiente, seguridad jurídica, estado de derecho más robusto y certidumbre regulatoria.
El señalamiento sobre el esfuerzo del gobierno de Sheinbaum apunta precisamente a ese punto: la agencia reconoce intención de política pública orientada a impulsar la inversión, pero condiciona una posible mejora de rating a resultados verificables. En términos financieros, una subida de calificación dependerá de que México logre acelerar su crecimiento potencial por encima del 3%, sin deteriorar su disciplina fiscal.
El mercado, por su parte, interpreta la ratificación como una señal de estabilidad, pero no de dinamismo. Mantener el grado BBB- implica conservar el acceso a capital internacional en condiciones relativamente favorables, pero también permanecer en el último escalón del grado de inversión, donde cualquier choque externo —como una desaceleración en Estados Unidos o presiones fiscales internas— podría poner en riesgo la perspectiva crediticia.
Conclusión: La decisión de Fitch Ratings sobre México refleja un equilibrio delicado: estabilidad macroeconómica reconocida, pero con crecimiento estructural insuficiente para un salto en la calificación.
El mensaje es claro: México no está en riesgo inmediato de perder el grado de inversión, pero sí en una carrera contra el tiempo para convertir su ventaja geográfica y el nearshoring en desarrollo económico sostenido.
El factor decisivo será si las políticas públicas logran traducirse en inversión productiva real y en un incremento claro del potencial de crecimiento en los próximos años.

