El precio de la tortilla en México se ha convertido en un termómetro económico y social. Más allá de ser un alimento básico, su costo refleja tensiones estructurales en la cadena productiva, en la política pública y en la dinámica del mercado interno. En los últimos años, el precio por kilogramo ha mostrado incrementos sostenidos, alcanzando en diversas regiones niveles superiores a los 22 a 26 pesos, con variaciones importantes según la zona.
Si bien el encarecimiento del petróleo impacta directamente en los costos de transporte y producción, especialmente en la logística del maíz y el gas utilizado en las tortillerías, no es el único factor determinante. La inflación generalizada ha presionado los insumos clave como el maíz, la electricidad, los empaques y la mano de obra. Datos del INEGI muestran que los energéticos y alimentos han sido de los componentes más inflacionarios en los últimos periodos, afectando de forma directa a la industria de la masa y la tortilla.
Otro elemento crítico es la desaceleración económica. Cuando el crecimiento se debilita, disminuye el consumo y se encarecen los costos financieros para los pequeños negocios. Las tortillerías, muchas de ellas microempresas familiares, enfrentan márgenes cada vez más estrechos, lo que limita su capacidad de absorber aumentos sin trasladarlos al consumidor final.
Sin embargo, existe un factor estructural poco abordado con profundidad: el comercio informal. Se estima que más del 50 por ciento de la economía en México opera en la informalidad. En el caso específico de la tortilla, establecimientos informales venden sin cumplir con regulaciones fiscales, sanitarias o laborales. Esto genera una competencia desleal frente al comercio formal, que sí enfrenta cargas tributarias, costos de cumplimiento y obligaciones laborales. El resultado es una distorsión de precios que presiona a los negocios formales a reducir calidad, margen o incluso cerrar operaciones.
Además, la volatilidad en el precio internacional del maíz, influenciado por factores climáticos, geopolíticos y comerciales, añade incertidumbre. México importa cerca del 30 por ciento del maíz que consume, lo que lo hace vulnerable a choques externos y a la depreciación cambiaria.
Conclusión
El precio de la tortilla no es simplemente el reflejo de la inflación o del petróleo, sino la suma de múltiples presiones estructurales como costos energéticos, dependencia externa, desaceleración económica y un entorno de informalidad que erosiona la competitividad.
Si no se atienden estas variables de fondo con políticas públicas integrales, el riesgo no solo es un mayor encarecimiento, sino la fragilidad de toda una industria esencial para la seguridad alimentaria del país.

