Cuando el árbitro pitó el final, nadie corrió primero hacia el trofeo. Corrieron hacia Rodri. Como si todos supieran que las copas se levantan en julio, pero se empiezan a ganar muchos meses antes, cuando alguien decide que correr detrás del balón es menos importante que hacerlo correr a él.
No era aquella España de Xavi, Iniesta, Villa y Casillas, la que enamoraba al mundo con cientos de pases antes de encontrar el gol. Era otra versión. Menos romántica, quizá. Más madura. Una selección que entendió que las figuras ayudan, pero que los Mundiales siguen perteneciendo a los equipos. Lamine Yamal fue capaz de desequilibrar cualquier partido, pero el verdadero protagonista fue el sistema que Luis de la Fuente construyó durante dos años.
Dieciséis años después de aquella tarde en Johannesburgo, España volvió a levantar la Copa del Mundo. Lo hizo con una selección que recibió apenas un gol en todo el torneo y con un Unai Simón que terminó convirtiendo las dudas en una de las grandes certezas de Luis de la Fuente. El técnico fue cuestionado por mantenerlo como titular por delante de David Raya, pero el tiempo volvió a darle la razón.
En el camino quedaron Portugal, Bélgica y Francia. Después llegó Argentina, la campeona del mundo. El equipo que mejor había entendido el oficio de competir. España no derrotó solamente a un rival; venció a una generación acostumbrada a ganar cuando más dolía.
Durante años el fútbol quiso convencernos de que los Mundiales pertenecían a quienes mejor sabían sufrir. Que defender era un arte más importante que atacar. Que el pragmatismo siempre terminaba derrotando a la belleza. España decidió discutir esa idea… y terminó levantando la Copa. No cambió las reglas del juego; simplemente recordó que nunca habían dejado de existir.
Mientras Messi jugaba el último Mundial de su carrera y Cristiano veía apagarse una época, en el otro lado aparecían futbolistas que apenas recuerdan el campeonato de Sudáfrica. Lamine, Cubarsí, Nico, Pedri… España no solamente ganó una Copa. Le presentó al mundo a la generación que puede dominar la próxima década. Ellos crecieron bajo la sombra de aquella estrella. Durante años escucharon hablar de Xavi, Iniesta y Casillas. Ahora serán otros niños quienes aprendan sus nombres antes de dormir. Hoy ya no viven del recuerdo de aquella generación; ahora son ellos quienes escriben el siguiente capítulo.
La segunda estrella de España no cayó del cielo el 19 de julio. Empezó a bordarse mucho antes, el día en que decidió seguir creyendo que la pelota no era un objeto para perseguir, sino una forma de entender el juego. Las copas se exhiben en las vitrinas. Las ideas permanecen en la memoria. España ganó un Mundial; su verdadera victoria fue demostrar que todavía es posible conquistar el fútbol sin renunciar a su identidad.

