Ciro Manuel Rivera Manriquez
CEO en EconValor
Ayer platiqué con Gabriel, empresario y dueño de una fábrica de puertas industriales que atiende clientes en México y Estados Unidos.
Se veía preocupado.
No porque faltaran ventas.
No porque faltara trabajo.
Su preocupación era otra.
“Ciro, siento que mi equipo se frustra demasiado cuando algo sale mal. Y si soy honesto, yo también.”
Esa frase me hizo recordar uno de los errores más costosos que cometí durante años.
Durante mucho tiempo confundí la excelencia con la perfección.
Creía que hacer las cosas bien significaba no equivocarme nunca.
Pensaba que un error era señal de incapacidad.
Que una falla significaba que todavía no estaba listo.
Y que si algo no salía perfecto, probablemente no valía la pena continuar.
El resultado era agotador.
Cada error se convertía en frustración.
Cada retraso parecía un fracaso.
Cada tropiezo era una prueba de que algo estaba mal.
Mientras hablábamos, le pregunté a Gabriel:
“¿Qué pasa cuando alguien de tu equipo se equivoca?”
Me respondió:
“Normalmente buscamos qué ocurrió y quién fue responsable.”
Y ahí encontré el problema.
Le expliqué algo que transformó mi manera de trabajar y de liderar.
La excelencia y la perfección no son lo mismo.
Las dos buscan hacer las cosas bien.
Las dos buscan mejorar.
Pero existe una diferencia enorme.
La perfección ve el error como un enemigo.
La excelencia lo ve como un maestro.
“El medallero”
Ciro Manuel Rivera Manriquez.
CEO en EconValor
Le compartí el caso de un cliente que tenía una cultura donde equivocarse era casi un pecado.
Las personas ocultaban errores.
Evitaban tomar decisiones.
Y preferían no innovar para no correr riesgos.
Cuando cambiamos el enfoque, ocurrió algo interesante.
Cada error comenzó a analizarse para aprender, no para castigar.
Después de cada falla hacíamos cuatro preguntas:
¿Qué ocurrió?
¿Por qué ocurrió?
¿Qué aprendimos?
¿Y qué haremos diferente la próxima vez?
Poco a poco el equipo empezó a proponer más ideas, asumir más responsabilidad y mejorar más rápido.
Porque entendieron que equivocarse no era el final del camino.
Era parte del proceso.
Antes de despedirnos, Gabriel me dijo algo que se me quedó grabado:
“Creo que muchas veces he exigido perfección cuando lo que realmente necesitaba era aprendizaje para buscar la excelencia.”
Y creo que muchos líderes podrían decir exactamente lo mismo.
Porque las empresas más exitosas no son las que nunca se equivocan.
Son las que aprenden más rápido de sus errores.
La perfección te exige no fallar.
La excelencia te invita a crecer cada vez que fallas.
En el medallero (oro, plata, bronce), ¿qué tanto te identificas con la historia?
Cuando tu equipo de capacita, tu negocio se capitaliza…

