México enfrenta un momento económico delicado en el que convergen factores internos de fragilidad institucional y presiones externas de alta volatilidad. El dato más reciente de crecimiento, con una contracción de menos 0.8 por ciento, no solo confirma la desaceleración, sino que abre cuestionamientos sobre la capacidad de reacción de la política económica frente a choques simultáneos.
En este contexto, el reporte del Banco de México añade una señal de alerta. La institución registró un resultado negativo derivado de pérdidas cambiarias. Este fenómeno no es menor. Refleja la presión que ha ejercido la volatilidad del tipo de cambio sobre las reservas y la operación del banco central, en un entorno donde el fortalecimiento previo del peso ha dado paso a ajustes abruptos. La ausencia de remanentes limita el margen fiscal en un momento donde se requeriría mayor estímulo.
A la par, el frente político introduce incertidumbre adicional. La solicitud de licencia del gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, en medio de cuestionamientos y sospechas, proyecta una imagen de debilidad institucional. Este tipo de eventos erosionan la confianza de inversionistas y socios comerciales, particularmente en el marco del tratado comercial con América del Norte, donde la certidumbre jurídica y la estabilidad política son activos clave.
La relación con Estados Unidos añade otra capa de complejidad. Donald Trump ha retomado un discurso más agresivo en materia comercial y de seguridad, colocando presión sobre México en temas sensibles como el combate al crimen organizado y la migración. La percepción de falta de resultados en la captura de actores clave en actividades ilícitas se convierte en un argumento político que podría traducirse en medidas comerciales más duras o revisiones incómodas del acuerdo.
En el entorno global, la tensión en el estrecho de Ormuz sigue impactando los mercados energéticos. La amenaza de interrupciones en el suministro eleva los precios del petróleo, lo que presiona la inflación a nivel mundial. Para México, esto implica mayores ingresos petroleros, pero también costos más altos en combustibles y una inflación más persistente, complicando la política monetaria.
La lectura es clara. México se encuentra en una encrucijada donde la debilidad del crecimiento, la presión cambiaria, la incertidumbre política y los riesgos externos convergen. Sin una estrategia integral que combine disciplina fiscal, fortalecimiento institucional y claridad en la relación bilateral con Estados Unidos, las perspectivas económicas podrían deteriorarse aún más en el corto plazo.

