Durante los últimos años, Nuevo León se consolidó como el mayor símbolo del nearshoring en América Latina. La relocalización de empresas hacia México parecía una oportunidad histórica: cercanía con Estados Unidos, talento especializado, infraestructura industrial y un tratado comercial que ofrecía certidumbre. Hoy, sin embargo, el panorama ha comenzado a cambiar.
La revisión anual del T-MEC dejó de ser un procedimiento técnico para convertirse en el principal factor de incertidumbre para la inversión extranjera. Los mercados no castigan únicamente las malas noticias; castigan, sobre todo, la falta de certeza.
La señal más clara llegó hace apenas unos días. Toyota anunció una inversión de 3,600 millones de dólares para ampliar su planta en San Antonio, Texas, donde trasladará parte de la producción de la camioneta Tacoma que hoy se fabrica en Baja California. El proyecto contempla la creación de 2,000 nuevos empleos. Aunque la empresa mantiene operaciones en México, el mensaje es evidente: ante reglas comerciales inciertas, las compañías buscan fortalecer su presencia dentro del mercado estadounidense.
No se trata de un caso aislado. Diversos proyectos industriales relacionados con la cadena automotriz han optado por aplazar inversiones o redimensionarlas mientras concluye la revisión del tratado. Las variables que hoy pesan son posibles cambios en las reglas de origen, mayores requisitos de contenido estadounidense, incertidumbre sobre aranceles al acero y aluminio e incentivos para producir en Estados Unidos.
Paradójicamente, Nuevo León sigue siendo la entidad mejor posicionada para aprovechar el nearshoring gracias a su ubicación estratégica, infraestructura logística y talento especializado. Sin embargo, el sentimiento empresarial ha cambiado. Ya no predomina el entusiasmo, sino la cautela. La inversión extranjera directa no está abandonando México; simplemente ha entrado en una fase de espera hasta conocer el desenlace de la revisión del T-MEC.
La historia económica demuestra que el capital puede convivir con el riesgo, pero difícilmente con la incertidumbre. Si México logra ofrecer reglas claras y estabilidad jurídica, podría iniciar una segunda gran ola de nearshoring. De lo contrario, muchas inversiones seguirán cruzando la frontera. La competencia ya no es entre estados mexicanos. Hoy la verdadera disputa es entre instalar la próxima fábrica en Monterrey o en Texas. Esa decisión definirá buena parte del crecimiento económico de la próxima década.

